jueves, 3 de febrero de 2011

La gaviota y la terraza

Cuando pensé que podía hacer exactamente eso que parecía natural a los seres blancos que estaban a mi alrededor, lo notaba, mis extremidades cada vez más fuertes y las plumas más largas, notaba el impulso, entonces moví las patas y extendí todo mi ser. Sin embargo, no me moví mucho más allá de 5 o 6 tejas. Mi espacio vital se reducía a un trozo de techo rojo, interrumpido por dos huecos cubiertos por una estructura transparente que siempre estaban a oscuras. –Aquí no vive nadie, es un tejado seguro, a pesar de ser una buhardilla, de las que debes huir en el futuro cuando hagas tu nido, ¡son lo peor!-. Eso me decía mi madre, que se arreglaba con el pico las plumas y levantaba la cabeza con soberbia. Intuía que tendría un carácter muy fuerte pues hablaba pausadamente pero con mucha gravedad, sus ojos bastante rojos brillaban cuando soltaba alguna de sus frases memorables. Algunas de ellas, sus favoritas, eran: -no hay playa como esta, ¡en el mundo entero!- (afirmación sin discusión) y –no hay cosa mejor que una andarica, al eau de mer, nada de mezclas extrañas como hacen algunas gaviotas, nunca ví cosa igual-. Lo de la andarica tendría que descubrirlo por mí misma cuando estuviera en disposición de conocer mundo y lo de la playa no tenía yo argumentos para discutir ya que desde mi tejado sólo se veía un trozo de mar grisáceo, a veces muy agitado. Mi madre me explicaba que antes era diferente, ella había nacido en un acantilado escarpado, durante un invierno muy soleado y pudo comer mariscos y moluscos desde el primer día de su vida, una vida, pues, de lujos. Pero, la cercanía de restaurantes, casas y hasta de hoteles la había obligado a buscar lugares más solitarios para proteger su nido, yo era su última descendencia. No sé si esto me gustaba o no, deducía que entre mi madre y yo había una gran diferencia de años. En ocasiones me hablaba de los períodos que pasó en el sur de Francia, en Inglaterra e incluso en Marruecos. Pero como gustaba decir, no encontró una playa como la de su ciudad y ansiaba siempre volver. Tengo que reconocer que aunque severa, era una madre muy preocupada por mi bienestar, además de procurarme los mejores manjares posibles, me atusaba las plumas, especialmente si recibiríamos visitas, en estos casos me dejaba participar, pero si alguna vez osé hablar me miró con centelleantes ojos rojos, imponiendo su palabra sobre la mía.
En uno de mis intentos, infructuosos, por elevarme, como las otras gaviotas que conocía, mi madre anunció: - ha pasado el tiempo suficiente, podrás volar dentro de muy poco, yo he de irme ahora. Pero no te preocupes, el año próximo volverás a tu nido y yo, a custodiarlo. Nos veremos entonces, espero que viajes y aproveches el tiempo. Yo estaré en los acantilados, está preciosa la mar ¡ como siempre!. Creo que tenía una cara de gran tristeza, se oscurecieron sus ojos tan brillantes pero no se detuvo en cursilerías, abrió majestuosamente sus alas y elegantemente alzó el vuelo.
Yo entonces creí tontamente que podría seguirla y algo elevé mi cuerpo, para aterrizar en una estrecha terraza. Me inquieté por dos cosas, no podía ver nada más que una pared blanca y porque era el territorio de “ellos”, los habitantes de la buhardilla. Pasaron los días, tenía un hambre atroz, había llovido, estaba aterida y a veces ni podía comer una triste mosca, me deleitaba pensando en los cangrejitos que constituyeron mi manjar antes de que mi madre partiera. Nadie vino a verme y me consta que varias amigas de mi madre sobrevolaban esa zona en su recorrido matinal. Intentar volar en aquél espacio tan estrecho era terrible, había una ventana alargada y un pequeño escalón al pie de ésta, desde él intentaba impulsar mi vuelo pero invariablemente me estrellaba contra la blanca pared.
Un día, ¡clack!, se abrió la ventana, recordé lo que mi madre me había explicado sobre los humanos: - son la especie más avanzada del reino animal, son sin embargo muy extraños, destruyen aquello que aman y lo que odian también-. Yo pensé, también las gaviotas se comen los huevos de otras gaviotas. Mi madre seguía con su discurso: -son inofensivos, ellos en sí mismos, no tienen pico, no tienen garras como algunos pájaros, ni siquiera vuelan y los hay que no caminan, pero pueden en un segundo destruirlo todo. Además no son monógamos, como nosotros.- Esto mi madre lo llevaba muy a gala. Allí estaba, al menos la cabeza asomada de un especímen humano. Era hembra, la cabeza era pequeña y el pelo largo, no mucho, un poco dorado. Abrió mucho los ojos cuando me vió, tenía un brillo caoba, casi rojo que me recordó al de mi madre, corrí instintivamente hacia ella y entonces gritó y cerró la ventana. La oí gritar, le decía algo ininteligible a otra persona - ¿o sería a otro animal?- Tras unos minutos salió él, gran estatura y una mirada irónica, le dijo a ella: - ¿qué le pasa? ¿es tonta?. Ella le dijo: - creo que es todavía pichón, no puede volar. Él respondió: -pues hay que sacarla, ya. No, la vas a asustar. Pues dale algo de comer o se va a morir aquí. Al rato ella volvió y tiró sobre el suelo varios cereales. No era pan, eran cereales. Estaban ricos y fueron gloria para mí después de tantos días de comer moscas distraídas.
Esa noche estuvieron discutiendo, abrieron una de las ventanas del tejado y se oían los gritos, alguien tiraba cosas. Estarían destruyendo algo, poseídos de esa furia propia de los humanos que mi madre me describió. Al día siguiente se debieron dar cuenta del problema fundamental que tenía, ella colocó un palo entre el escalón y el borde de la terraza, se imaginó supongo, que yo podría caminar sobre él y emprender el vuelo. Ah, parecía muy fácil, pero mis patas eran aún blandas y torpes. Durante dos noches ella abrió la ventana y escrutó la terraza verificando si ya me había ido, me pareció que le molestaba profundamente comprobar que seguía allí. Pero a la mañana siguiente seguían alimentándome, a modo de agradecimiento me acercaba a la ventana para picotear, ella entonces gritaba y daba un golpe en la ventana, otra vez la furia destructiva. No lo volví a hacer, puesto que a la tercera vez, él, amenazante se acercó diciéndole: -hay que ayudarla a salir. Pensé que me podía atacar y me replegué todo lo que pude al fondo, contra la pared. Empezaron a discutir, aunque yo no era el tema. Gritos y más gritos. Él le decía: -hago siempre lo que me dices. Mentiroso, no ves ni valoras lo que yo hago por ti. Déjame en paz. Déjame tú, vete de aquí, no te soporto. Siempre me dices lo mismo y me voy a ir. Pero vete, de verdad.
Él debió irse porque ya no lo volví a ver, ella salió esa noche a la terraza, tenía una mirada de satisfacción y estaba triunfante. Me recordaba a mi madre, me acerqué un poco y entonces ella hizo la cosa más ridícula, batió las palmas, con un poco de agresividad, no sé si pretendía asustarme o era un gesto de amistad. Era una criatura curiosa, era pequeña pero se movía como si fuera tan grande como su amigo. Al día siguiente me miró claramente con odio y cerró la ventana de un portazo. Yo seguía practicando para poder salir de allí, empezaba el calor y desde que él se fuera ella no me dio más comida. Eso sí, había más moscas por ahí. Abrió a media tarde la ventana de par en par, la oía decir: - es que no se puede hablar contigo, muy bien, tu querías irte por eso lo hiciste, por eso te dije que te fueras porque es lo que has querido desde hace tiempo. La oí llorar después, salió a la terraza, se subió al bordillo, pensé que se iba a tirar, mi madre también me contó que había visto a humanos tirarse al suelo desde sus propias casas, yo le dije entonces: -estarían intentando volar y mi madre respondió: - no pueden volar y todo humano lo sabe, cuando se tiran buscan estrellarse expresamente, dijo expresamente con mucha seriedad. Ya te explicaré el año que viene lo que es la muerte. No hacía falta que me explicara nada, cuando soltó el primer cangrejo que me ofreció lo observé moverse un poco y rápidamente, de un picotazo, mi madre atravesó su cáscara, acabándose así el movimiento. Lo que no sé es si luego, en caso de que ella se tirara, alguien se la comería también. Se puso a mirar el mar, tenía unos zapatos puestos, se los quitó primero, miró hacia la calle largo rato, sonó lo que debía ser un teléfono, los teléfonos sonaban a todas horas, en todas las casas, en la calle. Se asomó de nuevo, me miró fugazmente, parecía feliz, cerró la ventana y oí la puerta que se cerraba también. Por aburrimiento probé de nuevo a alcanzar el borde, extendí las alas en vertical y me elevé un poquito, me agarré con las patas al borde de la terraza y volé, simplemente volé y me dí cuenta que en efecto, como decía mi madre, nuestro espacio natural es el aire. Me acerqué a la playa, divisé al fondo del paseo los acantilados. Sobrevolé la ciudad, ví los campos y cayó la noche. Mi instinto me guió de nuevo hacia el tejado de mi nacimiento, en la terraza había una vela encendida, me posé en la zona superior del tejado, él le decía: - qué hiciste con ella, ¿la mataste?. No, debió salir, aprendió a volar. No me extraña, te tenía miedo, como yo. Nunca le hubiese hecho daño, tonto, ni a ti tampoco. Acercaron sus rostros y aprendí entonces lo que era un beso, humano. Mañana me alimentaría temprano e iría a los acantilados a disfrutar del verano. El año que viene, cuando volviera para montar mi nido rogaba porque ellos estuvieran allí, al menos si algún pichón se caía sabía que no se lo comerían.
*Pequeño cuento que surgió de un hecho real, una pobre gaviota murió atrapada en mi terraza sin que pudiéramos ayudarla a salir. Transformar lo que no nos gusta es un poder de la literatura. De un accidente un cuento para niños, nunca escribo cosas para niños pero así fue como me salió.

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